Pardina de Carlos Plaza

Carmen Tristancho

Carmen Tristancho

Pardina de Carlos Plaza

Qué fácil es pedir ‘más madera’ para sacarle más potencia a la máquina. Y qué difícil crear madera para sacarle más potencial al vino… y no hablo de la combinación de distintos robles para darle un aroma especial, particular y único a un montón de botellas, ni de chips milagrosos y baratos que cumplen la misma función en menos tiempo.carlos_plaza_pardina

Hablo de la propia madera que cría la cepa, al tiempo que se hace mayor, mientras ve pasar las nubes que no dejan agua y las que la inundan hasta los pámpanos. Hablo de su madera que la protege y cuida su interior, ya denostado por el paso del tiempo, como una mina donde se fabrica la savia más elaborada para mimar sus bayas, para regalarnos, después de una minuciosa vendimia, un mosto tan especial que, solo después de ser fermentado, nos entrega esa espectacular elegancia y pureza de aromas. Solo la edad de su madera, solo la fuerza de sus retorcidos brazos y solo su delicada producción nos dan la respuesta a tanta sutileza escondida en esta bonita botella.

Abrí una botella del vino de Carlos Plaza la otra noche en casa. No aguantaba esperar al fin de semana para poder disfrutarla con más tiempo. Así que en plena elaboración de la cena con niños incluidos (los míos ya son mayores) me

serví una copa de Pardina. De la botella salió un vino dorado, como un rayo de sol, bonito, bonito, lo dejé ‘respirar’ un poco, normalmente ni los dejo reposar, nada, 40 segundos, y acto seguido a la nariz. ¡Uf!, ya me olía muy bien. Tomé un sorbo y cerré los ojos, que es lo que me pedía lo que tenía en la boca, y tragué ese pequeño sorbo.

“En un momento me transportó a otro lugar, imaginé un gran salón cubierto, pero sin paredes, en medio de un inmenso jardín. Muchas personas cenaban en mesas elegantemente vestidas, disfrutando de una preciosa noche de verano. 

En el centro del salón había una gran pista de baile de una madera excelente a la que se accedía por una escalera central desde el escenario. En él, una orquesta comenzó a tocar un vals. Acto seguido apareció, como de la nada, una esbelta y elegante mujer, de pelo dorado y traje blanco, que bajaba las escaleras con gran seguridad. En la pista no había nadie, todo el mundo disfrutaba de la cena, pero en la mesa de enfrente varios jóvenes charlaban animadamente. Uno de ellos levantó su mirada y observó el descenso de la joven por las escaleras. 

Se levantó sin decir nada y se dirigió hacia ella, altivo y seguro de su conquista. Se plantó ante ella, levantó su mano derecha e hizo un gesto con la cabeza para invitarla a bailar. 

Ella posó sus grandes ojos pardos en los ojos azules como el cielo del chico, que no perdía detalle de nada. Él esperaba la mano de ella para estrecharla pero ella puso su mano derecha en su pecho y la deslizó con suavidad hasta su hombro. En ese momento soltó su vestido, que cayó al suelo, desprendiendo un perfume a flores y frutas blancas con un leve toque de aromas tropicales, que envolvió a los dos. El chico rodeó su frágil cintura, sintiéndose perdido, y acercando su mejilla a aquel cabello dorado le susurró al oído: -llévame a donde quieras-. La chica del traje blanco, de perfume elegante y frágil se deslizó, bailando junto a él, utilizando su fortaleza para recorrer todos los rincones de la pista”. 

La chica elegante y frágil que se transformó, en la pista de baile, de una madera con más de 65 años era la delicada Pardina, y el chico fuerte y altivo era un grado alcohólico que pretendía dominarla y que cayó rendido ante su porte y elegancia.

Así me hizo sentir este vino con el que pasé unos minutos de verdadera emoción, por lo que me hizo experimentar en tan poco tiempo. Elegante es la palabra que lo define, y sentir como si la cocina de mi casa fuese el mejor de los restaurantes del mundo, eso no tiene precio.

Si quieren sentir lo mismo es fácil, descorchen esta esplendida botella y sueñen lo que quieran.

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