Experiencia gastronómica en Marruecos

Experiencia gastronómica en Marruecos

Desde hace algún tiempo, siento como la gastronomía me empuja cada vez más a tomar la decisión de coger las llaves del coche o un avión para conocer nuevos productos, sabores o texturas. Quedó atrás (al menos por el momento) esos planes que hablaban de visitar preciosas catedrales o montañas que generaban cierta descarga de adrenalina en la fase de preparación. Ahora, el gusanillo que precede a la toma de decisión, lo genera la necesidad de saber cómo interpretan el hecho vital de comer en otros puntos del planeta.

Ello me llevó a reflexionar sobre la importancia de conocer más en profundidad la base de nuestra amplia gastronomía, que como todo, no es más que el producto de unas inmensas sucesiones de influencias, de la que no se salva la potente acción de la teoría de la selección natural dawiniana (aplicada al hecho de comer), que hace extinguir o mantener productos y elaboraciones a lo largo del tiempo.

Varios meses de buenas rumiaciones, me llevan a visitar Marruecos para comprender la importante influencia árabe en nuestra cocina. Especias, guisos, asados, mar, repostería, todo con un sello rudimentario y tradicional, sin duda estímulos altamente motivantes como para dejarme llevar durante unos días por la gastronomía marroquí en Marrakech y Essaouira.

Comenzamos la experiencia aplacando las ganas contenidas con platos tradicionales muy representativos del país en dos restaurantes, el primero “Al Bahja”, transitado por locales (algo difícil de encontrar en Marrakech) con una escueta carta a base ensaladas, brochetas, cous cous y tajín a un increíble precio (para nuestra mente europea). El servicio es rápido y atento. Aquí probamos el cous cous de ternera, el tajín de cordero, la ensalada marroquí y un platillo de brocheta de pollo y ternera, todo ello por 8.8€ con servicio de agua y pan incluido.

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El segundo restaurante fue el “Amal”, también en Marrakech. Una asociación de mujeres con riesgo de exclusión social a las que se les forma en las propias instalaciones sobre cocina marroquí e internacional. Ofrecen una cocina tradicional actualizada bien resuelta a un precio razonable. Probamos la ensalada de aguacate, un exquisito y fresco tajín de pescado así como el de kefta con huevo algo más pasable. Terminamos saltando de continente con el pollo lacado con salsa teriyaki.

Experiencia gastronómica en Marruecos

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Uno de los lugares más representativos de Marrakech, es su plaza Jemaa Fna. Un espacio lleno multiculturalidad y dinamismo donde el aburrimiento está descartado. La sucesión de estímulos es una constante en este punto de la ciudad. Encantadores de serpientes, cuentacuentos, dentistas, esculpidores de fuego o ancianas consejeras dan vida a esta plaza.

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Aunque para mi gusto, es la comida la que pone la guinda a este suculento pastel. Varias decenas de puestos ofrecen unos espléndidos vasos de zumo de naranja (0.4€) de esas que hacen reflexionar sobre la calidad de la fruta que solemos ingestar aquí. El sabor tan identificativo que produce en la boca, te lleva a pensar que son naranjas ecológicas. Pocos segundos después la razón pone las cosas en su sitio al concluir la inexistencia de ese concepto en este país, te ríes, no son naranjas ecológicas, son naranjas como las que comíamos antes, las que comían nuestros abuelos y sus antepasados, qué buena lección.

Pero el corazón gastronómico de Jemaa Fna,  lo conforman un nutrido número de puestos de comida a modo de feria, todos juntos sin apenas delimitación, Street Food en versión tradicional. A cada paso, un lugareño te invita (como no) a sentarte en su espacio para degustar un cous cus, un tajín o bien un guisote de cordero o pescado fresco.

Nos llama la atención el único puesto cuyos camareros no tienen la función de atraer clientes, sino simplemente darles servicio, hablamos del número 14 y se hace llamar “Chez Krita”. A pesar de que tiene el doble de espacio como comedor respecto al resto, para sentarte tienes que esperar, es el StreetXo de la plaza, este es el sitio…

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Todo va de pescado frito y algo de verdura. Degustamos unas relucientes acedías, un rico cazón y unos frescos calamares. Todo ello acompañado de un platillo de berenjenas al horno reventadas y otro de tomate rallado (7.5€ todo).

Tampoco olvidamos la parte dulce, de hecho fue uno de los motivantes más influyentes de este viaje. Y es que la buena pastelería marroquí es memorable. La sencillez es transformada en complejidad en cuanto a la combinación de elementos y la extraordinaria ejecución que sin duda desconcierta. El sabor a tradición y la exquisitez del conjunto estimula gratamente el cerebro. La parada es “Patisserie des Principes” (Calle 32 bad Agnou, a pocos metros de la Plaza Jemaa Fna).

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Ya en Essaouira, disfrutamos de una de las vertientes gastronómicas menos exportadas de Marruecos a pesar de los centenares de kilómetros de costa con los que cuenta, los productos del mar. Asistimos atónitos al emocionante desembarco de pescado en el modesto puerto de la localidad. Piezas frescas, muchas de ellas aún vivas, contribuyen a dar colorido a un entorno difícil de describir. Los pescaderos limpian las piezas en unas rudimentarias mesas según la demanda de los clientes. Los gatos, ubicados en un paraíso ideal, se relamen de forma incesante a la espera de un buen manjar. Las gaviotas en el aire ponen el sonido esperable a la escena, el goce es inmenso.

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8Disfrutamos de un variado de pescado a la brasa (15€ con ensalada y bebidas incluidas) en uno de los muchos puestos instalados a pocos metros del puerto.

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Decir Marruecos es decir también influencia en la vertiente gastronómica, es aludir a una parte de nuestra cultura que compartimos, espero que por mucho tiempo. Merece la pena dejarse llevar unos días por los colores y olores de las especias, de las hierbas, de la tradición, de productos y elaboraciones perfectamente reconocibles pero de distinto sabor, un sabor auténtico. Merece la pena.

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